"Nunca supe que ocurrió con Sofía, me gustaba observarla a través de la ventana cuando ella, con su cabello largo y de color rojo labial, jugaba en el patio trasero de su hermosa casa. No solía desordenar mucho, pues manejaba la imaginación de quien por allí pasara, con aliento fresco y manos limpias tomaba de rehén cualquier individuo que se le acercara; sabía muy bien como capturar una presa.
Me agradaba comentar con los vecinos, las travesuras que cometía, ellos la señalaban como extraña y taciturna, practicamente una niña con poderes sobrenaturales que no poseía muñecas ni tazas de té, sino que sólo cajas, tierra, trozos de madera y pasto.
Lo único que todos sabíamos de ella era que su padre, un hombre de mucho esfuerzo, realizaba muebles para el barrio que vendía en el mismo patio donde Sofía jugaba. No eran muebles normales, eran los más hermosos del mundo; con detalles lujosos por bajo precio; no era algo que agradara mucho a la señora Lopez pues el poco dinero que ganaban de las ventas, terminaba invertido en nuevos muebles que serían vendidos al mismo precio.
Me complacía ver todos los días como crecía cada día un poco más, pero me entristecía como su imaginación disminuía. Me iba haciendo más vieja cada vez que sofía cambiaba de lecturas educativas.
Un día, me saludó y pude sentir el tono de angustia en su voz, pregunté que le ocurría y desaté mares de llantos que no pude controlar, sus ojos quedaron secos de tanto enviar al exterior lágrimas. Nadie sabía lo que ocurría en ese instante, sólo veíamos como un sol de belleza deslumbrante se apagaba lentamente entre sollozos, y todos rogabamos porque tal tempestad acabara.
Le aconsejé que escribiera en un libro, todas sus penas y alegrías, y que por sobre todo volviera a jugar con su imaginación ya que hace años la vista desde mi ventana se notaba vacía. -Lo prometo- me dijo con entusiasmo incomparable, corrió desde mi jardín al de su madre (mujer encantadora) señalándome con el dedo índice, como si tuviera algo que ver en esa sonrisa bella que llevaba. Algo tuve que haber echo en mi otra vida como para estar ahora admirando la imaginación de una pequeña. ¡Que mares de objetos y criaturas tan maravillosas se esconden en esa pequeña cabeza! ¿Cómo lo sé? Cuando nació, su madre posaba su cuerpo en la cuna y lo trasladaba al patio, ahí juntas escuchaban las historias que Guillermo les narraba. A medida que fue creciendo, ese lugar se convirtió en su guarida, yo podía escuchar cómo creaba castillos que luego caballeros destruían, oía las historias que los perros atentamente imitaban oir para posteriormente lamer su cara con alegría en forma de agradecimiento.
Que lindos momento, pero ahora la tristeza se apoderó de su rostro, nada es igual.
Una mañana de abril, Sofía se acercó a mi puerta dejó un libro y se marchó. En él hermosas historias se narraban, años de travesías y aventuras que terminaron por absorver mi tiempo y espacio. La pequeña ahora era un joven empresaria llena de labores y tareas que había terminado una etapa de su vida y ahora se marchaba de la casa de sus padres, orgullosa y hermosa como siempre lo fue. La quise como a una hija, ella a mi como a una abuela distante.
En la última página de su pequeño libro anotó -Gracias por impulsar la creación de mi mundo, nunca es tarde para imaginar- frase que marcó mi estadía en ese barrio, pues no hay cosa más aburrida que estar siempre haciendo nada, y la imaginación es tan grande que a veces me canso de tanto practicar.
De todas estas observaciones, aprendí como vieja anciana, algo importante, no importa cuantas veces te caigas en el camino, no importa cuantas personas te esten observando detenidamente desde una ventana, no importa cuanta tristeza exprese tu rostro, lo que es relevante es que de todo lo no importante podamos sacar algo que sí importa, darle una sonrisa guardarlo y seguir adelante, al fin y al cabo ¿Quién dijo que esto sería fácil? La vida es cuesta arriba, pero la vista es maravillosa.
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